LA ARQUEOLOGÍA EN LA TRAYECTORIA DE ARTURO JIMÉNEZ BORJA
Por Luis Felipe Villacorta

La trayectoria de Arturo Jiménez Borja como investigador del pasado prehispánico es probablemente, la más conocida de sus múltiples facetas. Esta fama no se debe a un frívolo afán protagónico, incompatible con su espíritu mesurado y sereno, sino es el resultado inevitable del carácter publico de la labor que emprendió en favor del patrimonio arqueológico, indesligable en el diseño de una estrategia integral que garantice la preservación de este legado ancestral.

La experiencia de puesta en valor de Puruchuco es el mejor ejemplo del éxito de la cruzada emprendida por A. Jiménez Borja, la que ante la mirada incrédula de muchos, desarrolló el gran potencial social y económico que el patrimonio arqueológico posee puesto al servicio de la comunidad, o como se diría hoy en día, como instrumento para el desarrollo y lucha contra la pobreza. La acertada restauración de la huaca, su asociación a toda una infraestructura dedicada a resaltar la historia y características del monumento, así como su promoción turística nacional e internacional, constituyeron en la practica la ejecución de una propuesta de manejo integral sin antecedentes para su tiempo (v.g. 1960) en el país y en buena parte de América.

Se ha hablado mucho de esta obra; ello ha traído como consecuencia variados comentarios, algunos de los cuales han tratado de minimizar la contribución de A. Jiménez Borja a la arqueología, restringiéndola al papel de "restaurador" de monumentos prehispánicos, soslayando así su importante aporte como investigador. Respecto a lo primero se ha señalado que estas reconstrucciones han sido obras caprichosas, poco fieles al arreglo arquitectónico original de los sitios; esta apreciación, deja en su tono mezquino mucho a la imaginación del publico no especializado y refleja la ligereza con la que los peruanos solemos referirnos al trabajo ajeno. La nutrida información escrita y gráfica del proceso de puesta en valor de Puruchuco, con fotografías antes, durante y después de su restauración, permiten apreciar, y dejan pocas dudas, de la honestidad con la que se respeto la configuración del sitio, el cual fue escogido justamente en virtud de sus óptimas condiciones de conservación, las que permitían dilucidar con pocas dudas su trazo original.

El aporte de A. Jiménez Borja no se limito exclusivamente a la restauración de "huacas" debido a una inspiración o afán meramente ornamental, sino fue mucho más integral en su propuesta, desarrollando una modalidad hasta entonces inédita en cuanto a la experiencia de manejo de los monumentos arqueológicos del país: el Museo de Sitio. Varias fueron las aristas solucionadas a partir de esta propuesta además de dar luces acerca de las potencialidades que brinda el adecuado manejo de este tipo de lugares; entre ellos podemos citar la propia preservación del sitio (fin del huaqueo o cualquier otro tipo de agresión), promoción de la investigación y difusión científica (arqueología, historia, etc.), desarrollo tecnológico (museografía, conservación, etc.), divulgación educativa (trabajo con profesores, estudiantes, escolares, etc.), desarrollo económico, (turismo, espectáculos, etc.) así como la canalización de fuentes de recursos financieros alternativos al tesoro publico (cooperación privada).

Es necesario resaltar que no sólo Puruchuco fue beneficiada por la labor de Jiménez Borja; en el caso de Lima podemos citar otras exitosas experiencias del mismo tipo, como lo son la Huaca Huallamarca o Pan de Azúcar en San Isidro y el imponente santuario de Pachacamac, a la vera del río Lurín. En ambos sitios se dio la feliz asociación del trabajo científico (restauración, investigación arqueológica, etc.) y la promoción turística a partir de sus respectivos Museos de Sitio. Huella patente de ello lo constituye el inconfundible estilo arquitectónico de estos últimos edificios, diseñados por el mismo Jiménez Borja y que sorprenden hasta el día de hoy por su discreción y óptima funcionalidad.

Existen otros monumentos arqueológicos en los que fue notoria la labor de A.J.B. en favor de su preservación; entre ellos podemos mencionar Huaycán y San Juan de Pariachi así como el impresionante sitio de Cajamarquilla, particularmente el sector conocido como Laberinto. Todos estos sitios, ubicados en la cuenca del río Rímac, fueron en su momento parte de uno de los circuitos turístico-arqueológicos más interesantes de la ciudad de Lima, el cual tenía como punto de partida el propio Puruchuco.

Su cruzada en favor de los testimonios prehispánicos lo llevaron a los parajes más recónditos del país, sin embargo es de desatacar su labor en lugares tan importantes como la famosa Fortaleza de Paramonga, ubicada en la llanura aluvial formada por el sistema de ríos de Pativilca, Cerro Sechín en Casma y en el importante complejo arquitectónico de Chan Chan, capital del antiguo imperio Chimú.

El interés de Jiménez Borja por el pasado prehispánico toca, prácticamente todas las facetas de su diversa actividad y se nutren de su curiosidad por lo peruano, particularmente de su fascinación por el mundo andino. Desde sus más tempranos aportes en el campo de la medicina o la literatura, es patente su expreso interés por este aspecto de la realidad peruana. Esta inquietud no sólo surge en la vocación espontanea de cualquier joven en búsqueda de su identidad profesional, sino también, en su caso, tiene la huella indeleble de la sangre: su abuela por línea materna fue la hija del último curaca de Tacna. Es de comprender entonces que en la ruta inquisidora por conocer más sobre los orígenes de esta parte de la historia de nuestro país, la incursión de AJB en el interés e investigación de los testimonios arqueológicos que evocan este pasado era sólo una cuestión de tiempo.

Arturo Jiménez Borja no es un arqueólogo de formación académica, sino como en muchas otras de sus otras actividades, fue formándose con el talento y erudición propias de su espíritu de autodidacta renacentista. Con buen criterio supo rodearse de arqueólogos de formación profesional, con los cuales salvó algunas carencias practicas que el método desarrollado por esta profesión exige, al mismo tiempo que estimuló en todos aquellos quienes le brindaron su colaboración el afán por la investigación de nuestro legado ancestral, llegando a establecerse en muchos casos una fructífera relación de maestro a discípulo.

Sin duda alguna su dominio de la fuentes históricas, como es el caso de las crónicas y demás documentos de la conquista o la colonia, forman parte importante de su faceta en este campo. Su amplio conocimiento de estas fuentes, y la posibilidad del contacto directo con las evidencias arqueológicas, algunas de ellas citadas en los mismos textos, configuran su aporte fundamental. La brecha metodología que separa la arqueología de la historia ha encontrado en Jiménez Borja uno de los puentes más claros en el camino para el cabal entendimiento del pasado prehispánico. Se trata de un puente diáfano, no rígido en sus bases ni claramente definido en su recorrido. Ilumina su camino la intuición y sagacidad del autor, llenas de correlaciones, analogías y ejemplos precisos, tan evidentes y elementales como la ideología andina, quizás por ello tan difíciles de dilucidar por los investigadores de vena occidental.

Sus trabajos sobre Pachacamac, Puruchuco o Cajamarquilla, entre otros, son ejemplos claros de su aporte en la discusión sobre el funcionamiento de estos sitios en el contexto social de su época. Las publicaciones que sobre ellos ha realizado merecen una cuidadosa revisión, detrás de cuyo arreglo literario es sorprendente encontrar una congruencia y precisión que no ha sido del todo valorada hasta el día de hoy.

Las investigaciones de Jiménez Borja no sólo se circunscribieron a los últimos momentos del proceso prehispánico del Perú, sino también profundizan en el tiempo, prueba de ello son sus trabajos en Sechín. En el caso de Lima podemos citar sus investigaciones sobre la cerámica de transición entre el período Formativo y el Intermedio Temprano, al cual él denomino Lima Cero, y que hoy con otros nombres, comienzan a aparecer en la literatura especializada, confirmando en mucho sus primeras apreciaciones.

En síntesis podemos decir que el aporte de Jiménez Borja al entendimiento del pasado prehispánico de nuestro país no sólo ha sido valioso ni se ha restringido al aspecto meramente académico, sino que también ha involucrado otros aspectos de la problemática relacionada con el mismo, es decir la de su protección y adecuada conservación. Su legado en este campo no sólo nos compromete a seguir el camino que ha trazado, sino también a respetar y admirar su larga trayectoria.