EL "SEÑOR" DE PHURUCHUKU
Por Alfonsina Barrionuevo

Lima, con honrosas excepciones, nunca ha amado los vestigios de su grandioso pasado como lo ha hecho Arturo Jiménez Borja. Una pasión que encaminó sus pasos por los caminos de la arqueología donde fue dejando su vida. Lo recuerdo en Phuruchuku describiendo cada ambiente como si se los hubiera enseñado el propio señor de la mansión. Su restauración, hecha de tal forma que se distinguiera lo nuevo de lo antiguo. El museo de sitio diseñado con sabiduría para enseñar a los visitantes la vida de su gente a través de la muerte, con los especímenes hallados en las tumbas. Las representaciones, mágicas en las noches, a la luz de las antorchas, con libretos que escribía volcando a torrentes su inspiración.

Phuruchuku fue sólo uno de los tantos trabajos que se impuso el médico arqueólogo. Pachacamaq floreció cuando llegó y puso en marcha sus esfuerzos para edificar otro museo de sitio, con jardines en varios niveles y las habitaciones donde colocó al famoso ídolo tallado en madera de lúkumo, la puertecilla que derribaron los españoles del gran templo, las piezas que se hallaron al hacer excavaciones, etc.

Con él estuvimos en la Plaza de los Peregrinos contemplando el templo mayor, recorriendo la misma calle por donde entraron a caballo los enviados de Pizarro, el Convento de las Mamakuna o Templo de la Luna, con sus estanques limpios y el templo del sol en la parte de arriba, conservando aún su pintura roja.

En Cajamarquilla fue una delicia seguirle por el laberinto por donde iban los coléricos reclamantes, sintiendo que su rabia se iba desvaneciendo o apaciguando al sortear los numerosos pasadizos que había que caminar antes de llegar a la habitación donde esperaba el cazurro señor. Luego el ingenio conque estaban situados los ambientes para que los testigos o escribanos escucharan y anotaran sus quejas sin ser vistos. Un palacio de justicia prehispánico donde siempre tenía ganancia el régulo o su administrador.

En las exhibiciones teatrales de máscaras y trajes, recolectados en innumerables viajes, con un celo maravilloso en la autenticidad, en el movimiento de los personajes, en la música elegida de fondo, que hacía vibrar la sala de los aplausos. La demostración reiterada de un amor hacia lo nuestro sin esperar nada, pero donde todo lo daba el noble nieto de don Toribio Ara, el último kuraka de Tacna o Takana .

Una vida rica en trabajo que culminó con la continuación de las obras en el Museo de la Nación. Un estar allí mucho tiempo logrando que se convierta un sótano en auditorio o en sala de ensayos. Es imposible que dejara de ser testigo de sus afanes, del interés que desborda cuando habla del Perú. El polvo de los años vividos nunca logró acumularse sobre su corazón. Como hombre andino lo dejó siempre en la vereda para seguir adelante, escribiendo sus libros o los textos que le piden para publicaciones donde va quedando su pensamiento y parte de sus conocimientos.

Los homenajes le vienen solos y él los recibe como el sol cuando está en el crepúsculo, iluminado mar y tierra. El título de Amauta calza exactamente a los conocimientos que brotan como un manantial, de su alma. Queremos para él lo mejor. Que los años por venir le sean generosos y propicios.