ARTURO JIMÉNEZ BORJA: PINTOR
Por: Elida Román
Entre los rasgos polifacéticos de una personalidad extraordinaria, Arturo Jiménez Borja exhibe el talento y la habilidad de un pintor notable en su sinceridad y eficaz en su planteo. Humanista a carta cabal, su especial sensibilidad lo ha llevado a transitar las peripecias de caminos aparentemente distintos, pero que en su caso, responden sólo a la vocación por señalar, comprender y compartir, la esencia de una cultura y, por consiguiente, los rasgos de un grupo humano que participa de valores y vivencias, a los que este artista nato ha sabido capturar en sus cuadros.
Jiménez Borja conoció y frecuentó al grupo de los llamados "Indigenistas", pues sin duda adhería a su ideal de convocar, a través de la elección de una temática ligada al indígena y la vida rural y al ámbito de su desarrollo, esos rasgos únicos y distintivos de una cultura heredera de instancias milenarias y poseída por una fecunda relación con la tierra.
Es así como el motivo central de la mayor parte de su producción plástica es aquel que recrea las formas del paisaje, tanto en la expresión de una naturaleza desnuda y poderosa, presente en montañas, valles y ríos, como la presencia del hombre a través de su arquitectura, de su intervención armónica en ese medio que lo escoge.
Si bien sus pinturas gozan de una línea sencilla y sintetizadora en el dibujo y de una paleta mesurada, casi plácida y sin embargo evocadora a través de colores apastelados y sutiles, es en el enfoque de la escena, en el pequeño detalle de un personaje apenas esbozado o en la captura de la rara sensualidad de una planta, donde el autor nos revela verdaderos mundos profundos, siempre con una sencillez sorprendente en un autodidacta.
Pero no debe pensarse que ha sido sólo un deseo o vocación documentalista o testimonial, el que ha animado esta actividad de nuestro artista. Si bien breve, su incursión en formas más complejas de construcción plástica está presente en sus series de bailarines y personajes farandulescos, tratados con rigores formales fuertemente intelectualizados, en una búsqueda de imágenes innovadoras y audaces, necesarias a su deseo expresivo, lo que es también claro indicador de su inquietud por hurgar en soluciones imaginativas que, ese momento, revestían una clara posición de audacia.
Jiménez Borja ha retaceado esta faceta de su quehacer con una pudorosa modestia que hace más sorprendente aún el descubrimiento de sus obras.
Arquitecturas sencillas, no pretenciosas, que logran volverse monumentales sólo por el acierto de una transcripción bien concebida, geografías de apariencia común, donde sin embargo la grandiosidad, la soledad y hasta la raleada vegetación se muestran sencillamente orgullosas, personajes apenas sugeridos pero sin embargo indispensables, vuelven a sus cuadros ventanas para "ver".
Porque este artista busca no sólo dejar el registro de su ojo y la huella de alguna emoción, sino que trata de perpetuar atmósferas y situaciones que son únicas y peculiares y, por consiguiente, buenas claves para entender al colectivo.
Sin duda en toda su labor pictórica - que abarca el óleo, el pastel, la acuarela, el dibujo - Arturo Jiménez Borja ha puesto, como lo ha hecho en otras instancias y otros lenguajes, una gran capacidad de observación aguda y precisión analítica, ambas respaldadas en una abierta y tamizadora actitud de amor y respeto.
Es muy reciente este descubrimiento de su actividad pictórica y, sin embargo, no resulta muy inesperado. Con la misma diligencia y acierto que ha incursionado en la literatura, sea como poeta y escritor o como promotor acertado e inteligente, ha sabido utilizar los mecanismos de un lenguaje tan difícil y apasionante como el visual, con un resultado aún no suficientemente conocido.