OBRA LITERARIA DE ARTURO JIMÉNEZ BORJA
Por: Ismael Pinto

Señor Presidente del Club Tacna
Señor Dr. Arturo Jiménez Borja
Distinguidos Socios
Señoras y señores

Lo primero es lo primero. Mi agradecimiento a la señora Marcia Sotillo de Toledo, Coordinadora de Cultura de este Club, por haberme conferido el alto honor de participar esta noche en el homenaje que el Club Tacna, rinde hoy, en vida y cuando él puede apreciar, sentir y agradecer, a uno de sus más ilustres paisanos, al Dr. Arturo Jimenez Borja. Y expreso aquí mi complacencia y mi alegría por este hecho. Por este tributo y reconocimiento a la inteligencia de un hombre singular. Y porque en mi palabra y en mi persona este homenaje sea doble: el de Tacna, cuna de Arturo, y el de mi tierra, el de mi pueblo, Moquegua, ligado al de la heroica Tacna por los lazos de sangre, la historia y la geografía, que se une con respeto y fervor a esta celebración, a este reconocimiento que no debería ser sólo provinciano o departamental, sino peruano y multánime y oficial. Lo cual también nos recuerda que estamos en el Perú, país de homenajes póstumos y del malagradecimiento hecho ley.

En esta casa gratulatoria hoy es, pues, una noche muy especial. Aquí nos hemos congregado para rendir nuestro más cálido homenaje a una persona a quien todos queremos, admiramos y respetamos: al Dr. Arturo Jiménez Borja, quien, con sus 90 años cumplidos, para contento nuestro, lo ha recibido lúcido y trabajando en este su dorado otoño de vida, como en sus mejores y fecundos años juveniles. Merecido y muy justo homenaje y reconocimiento a este humanista tacneño, forjador de peruanidad que, conjuntamente, con su hermano José Jiménez Borja y el Dr. Jorge Basadre, si bien estos es ocioso decirlo, constituyen no sólo hitos señeros e inamovibles dentro de la intelectualidad tacneña sino, con mayor derecho y autoridad, tienen un espacio muy limpio y definido dentro del panorama de la intelligentzia peruana de este siglo.

La edad de nuestra sociedad, está pensada como sujeto de la economía de consumo, para la gente muy joven, y, por lo tanto, experiencia y calidades humanas y profesionales aparte, tienen, para quienes ya no estamos en el mercado, una especie de consolación al uso. Y es decir, unas veces, que uno tiene la edad que representa. Otras, que si bien lo años van agostando el cuerpo, el espíritu se mantiene enhiesto y siempre joven y alerta. De Arturo Jiménez Borja podemos asegurar, sin eufemismos, y sin modo de consolación alguno, que ha trascendido admirablemente ambas. Porque en él, en Arturo, la capacidad de asombro no a sufrido mengua ni mella como, igualmente, su afán de conocimiento no cesa. Siempre sorprendiéndonos con lago nuevo. Trabajando sin prisa pero tampoco sin pausa como quería y aconsejaba el experimentado Goethe que sabía de estos menesteres. Al mismo tiempo, sus periplos sorprendentes, desplazándose a lo largo y ancho del Perú, ya a fiestas lugareñas, ya a dictar conferencias, a inaugurar exposiciones, o, a presentar propios como ajenos. O, bien por el ineludible compromiso de no rechazar invitación de alguien que él aprecia, podemos encontrar a Jiménez Borja, como viajero impenitente y desprejuiciado, ya en el Cusco como en Piura; en Iquitos, o en las festividades de la Cruz de Porcón, o bien en la fiesta de La Candelaria de Puno; o, quizás con sus amigos de Trujillo o Huanchaco. Y este accionar incesante, y este juvenil entusiasmo que no cesa, creemos que es el mejor diagnóstico que se podría hacer de la salud física y la capacidad intelectual sin mengua de este ilustre tacneño, descendiente de longevos y fecundos troncos sureños: por un lado, los caciques Ara, enraizados por los siglos a la vera del Caplina, y por el otro, el lado español, de los valencianos Borgia, que en estas tierras se trasformaron en Borja.

En el Perú, país donde es muy difícil mantener una amistad duradera y donde cuesta tanto aprobar o admirar la obra de los otros, Arturo Jiménez Borja nos ha dado siempre una lección de entereza y probidad. Con una feroz independencia, que siempre ha mantenido bajo trato gentil y amable ha sido fiel a sus convicciones, que siempre ha mantenido como meta y destino el Perú y su cultura. Esto, sin reparar que, en más de una oportunidad, su disposición de servicio, capacidad de trabajo y entrega por el país, lo único que le han acarreado ha sido la envidia y esas pequeñas mezquindades en las que, tan taimadamente, somos especialistas los peruanos. En cuanto a la amistad ha sido y es para él, para el Dr. Jiménez Borja, un don de vieja estirpe que ejerce con admirable lealtad y señorío, de lo cual podemos dar testimonio fehaciente quienes nos consideramos honrados y distinguidos con su amistad y afecto.

Hechos este necesario introito vamos ahora a referirnos, someramente y no con la prolijidad que quisiéramos y hubiésemos deseado a la fecunda y extensa obra escrita de Arturo Jiménez Borja. No vamos a tocar aquí la parte de sus trabajos que tienen que ver con la medicina, el psicoanálisis y en especial la arqueología. Si nos vamos a referir a una parte de su obra que es, también, una lección permanente de búsqueda y rescate de las esencias más profundas y hermosas del pueblo peruano que, sin su acuciosidad y sensibilidad, debemos decirlo, buena parte de ellas se hubieran perdido. Y, es, en esa inalterable línea, que Jiménez Borja está con Adolfo Vienrich y su libro pionero de la literatura oral andina en el Perú que tituló Azucenas Quechuas, publicado en Tarma en 1905, y aquel otro francés Raoul y Margarite D´Harcourt, con su extraordinario estudio que es La Música de los Incas, del año 1925, y si bien estos pioneros en el campo de la literatura oral peruana: folklore, leyenda, música y poesía, Jiménez Borja deviene en su más temprano y brillante continuador en el Perú. Con una muy clara conciencia de lo que eso significaba, y en tiempos en que las hoy promocionadas ciencias sociales como la sociología, la antropología y el folklore recién asomaban tímidamente…

Y aquí hay algo muy importante que destacar y que queda entre tacneños. Antes que aparecieran los 13 volúmenes de la Biblioteca de Cultura Peruana del año 38, publicada durante el gobierno del general Benavides y bajo la dirección de otro peruano pretérito cual es Ventura García Calderón, allí, en el tomo primero de esa mentada Biblioteca se registra la siempre nombrada Literatura Inca, con selección de don Jorge Basadre y con Nota preliminar del mismo Ventura.

Pues bien, ya, para ese entonces, Arturo Jiménez Borja había publicado, el años 1937, un singular libro hermosamente ilustrado por él mismo: Cuentos Peruanos. Y, como bien lo destaca el poeta Enrique Peña Barrenechea, su próloguista: "una imagen espiritual alienta siempre en el fondo de estas leyendas, la cual corresponde también como alguien decía al estudiar otra zona del folklore americano, a un determinado mundo ético, religioso, social y transparente… Y esa sucesión de símbolos ancestrales; son el encadenamiento de lo diabólico y lo divido; y, en la aparente estulticia, eterna sonríe la gracia".

Ahora bien, aquí hay que dejar igualmente establecido que Cuentos Peruanos es el trabajo de campo, paciente y fervoroso, de un peruano trashumante y solitario, cuyos orígenes y confección van muchos años atrás del año 37 en que apareciera oficialmente. Son cuentos y leyendas que Jimenez Borja recogió in situ, en sus más tempranas y juveniles correrías, por la costa limeña, por el enmarañado Oriente peruano, por los pueblitos que honran multicolores el valle del Mantaro, o las quebradas del valle del Chillón; de sus estadas en Lampa, en Puno; o ya a las orillas de la laguna de Paca en Junín; de sus visitas a Aija, en Ancash; o de sus recorridos por el Callejón de Huaylas; o, de haberlas escuchado de los labios de los mineros de Casapalca, La Oroya y Cerro de Pasco. No es, pues, un trabajo de recopilación de recopiladores, o una indagación de las crónicas, en la comodidad de una biblioteca, como lo fue la Literatura Inca. Es, pues, un trabajo realizado con amor y en el mismo corazón del pueblo peruano.

Incluso hay algo más que nos dice meridianamente del carácter precursor de Cuentos Peruanos y es que en corpus de la Literatura Inca se recogen siete de las hermosas narraciones publicadas por Arturo Jiménez Borja en su libro, las misma que se integran con otras provenientes de las ya mencionadas Azucenas Quechuas, lo poco publicado por Julio C. Tello en la revista Inca, y lo registrado por Hildebrando Castro Pozo en su libro de Nuestra Comunidad Indígena.

Ese trabajo precursor se continúa más tarde con una nueva publicación que es Cuentos y Leyendas del Perú. Allí nuevamente, el rico e insuperable mundo andino es aprehendido en su inocencia y en sus misterios. Capturado y preservado a través de esa literatura oral que, trascendiendo el tiempo y a los mismos cuentista, va pasando de generación en generación, de boca en boca ante auditorios familiares, atentos y siempre asombrados. Y literatura de la palabra hablada que, en la prosa elegante, tersa y con profundo halo poético de Jiménez Borja, finalmente, queda registrada e integrada a la Historia y al Patrimonio Cultural de Perú, como elemento no sólo literario sino como formador de conciencia y exponente de una parte de nuestra propia identidad.

Ese aporte y el rescate de los mejores y ocultos testimonios del pensamiento animista y mágico del denominado Perú profundo prosigue en Imagen del Mundo Aborigen. Un trabajo en el que, aparte de incorporar nuevos relatos, Jiménez Borja establece una clara diferenciación, tal cual lo hizo Claude Levi Strauss en el Pensamiento Salvaje, entre el mundo occidental y el mundo andino, cuando escribe que " el retablo de relatos populares ofrece una versión del mundo en contraste con la sobria manera científica en donde un orden frío separa nítidamente las personas de las cosas. Una atmósfera de sueño envuelve el discurso popular y borra límites - nos dice - entre el mundo viviente y el ámbito de las rocas y cristales. Los montes, la lluvia, los oscuros abismos, tienen vida y fisonomía y el hombre no se distingue entre ellos y es una voz más en el concierto de voces de la naturaleza.

Otro gran espacio abierto por Arturo Jiménez Borja, que nos dice de su capacidad de innovación y de adelantarse a lo hecho en su tiempo, es uno por el cual hoy transitan a veces, irresponsablemente y alegremente, tirios y troyanos, e incluso se ha hecho materia de estudio en alguna universidad, con simpáticos doctorados en cocinería. Nos estamos refiriendo a La Comida en el Antiguo Perú. Un trabajo igualmente pionero y, por consiguiente, si bien usado jamás citado su autor. Una estupenda indagación que no queda en la simple enumeración de la rica y variada dieta de nuestros antepasados, sino que ausculta sociológicamente las implicancias de lo que constituía el ritual nativo del comer y el beber dentro del modo de vida y costumbres de los antiguos peruanos, y lo que de aquello ha sobrevivido en el occidentalizado mundo de hoy.

La noche tenía en el antiguo Perú el prestigio de ser anterior a las cosas creadas. Así empieza ese otro fascinante trabajo de Jiménez Borja que es La Noche y el Sueño en el Antiguo Perú. Una Indagación puntual y novedosa, que nos hace rememorar lo cerca que estuvo Jiménez Borja al precursor del psicoanálisis y en el continente, al Dr. Honorio Delgado, con el cual Arturo trabajó. Investigación de Arturo, a través de lo que registraron las cónicas, de esa aventura que se adentra en el tiempo y en la historia, en ese mundo de lo desconocido que es el dormir y el soñar como también de esos estados intermedios, e indeterminados, que se dan entre la vigilia y la duerme vela. Trabajo en el que Jiménez Borja encuentra constantes con otras culturas en aquello que "el alma del durmiente salía del cuerpo y su existencias externa daba lugar a los sueño. Y en cita de Garcilaso, que la vuelve actualísima, rescata para nosotros aquello que "el alma salía del cuerpo mientras él dormía, porque dicen que ella no puede dormir y que lo que veía por el mundo eran las cosas que decimos haber soñado". Cita de un cronista del siglo XVI que se conjuga, años más tarde con el oscuro Luis de Góngora y Argote en uno de sus más logrados sonetos nos recuerda que el sueño (autor de representaciones), / en su teatro, sobre el viento armado, / sombras suele vestir de bulto bello, lo que, igualmente, se da la mano con los últimos escritos sobre el sueño y el interés de psicoanalistas y psicólogos en lo que se refiere a los hoy denominados viajes astrales, y al abandono del cuerpo por el espíritu, si bien este siempre unido a aquel, a la envoltura carnal, mediante un noble, seguro e inacabable cordón umbilical de plata.

La Noche y el Sueño en el Antiguo Perú es, pues, la indagación en busca de los más lejanos antecedentes, a través del tiempo, de lo que ayer soñamos los peruanos y de lo que de esos sueños ancestrales ha permanecido en nuestra conciencia hasta el día de hoy. Un atávico referente de nuestras más viejas y violentas pesadillas, muchas veces convertidas en esos días en una terrible realidad, en que lo oscuro de los sacrificios propiciatorios y la crueldad de las guerras, hoy no es más que una desmesurada e incontrolable violencia cotidiana. Tiempos en que no estamos seguros si estamos viviendo un sueño convertido en pesadilla o una pesadilla quisiéramos sólo fuera un mero sueño: un teatro sobre el viento armado como en el soneto de Góngora.

La contribución de Arturo Jiménez Borja a la literatura y a las letras peruanas no sólo se circunscribe a la literatura oral. Un importante aporte viene de la siempre recordada revista 3, que codirigiera con el hoy injustamente olvidado poeta José Alfredo Hernández y el también poeta y excelente estudioso de nuestra historia literaria, muerto prematuramente, que fue Luis Fabio Xammar.

3 fue, pues, una estupenda aventura editorial que para no desentonar con la tradición, en lo que a buenas publicaciones se refiere, tan sólo alcanzó nueve memorables números. Algo menos que Contemporáneos dirigida por Enrique Bustamante y Ballivián y algo más que Colonida de Valderomar y que Las Moradas dirigida por Emilio Adolfo Wesphalen. Es así que la primera entrega de 3 aparece en julio de 1939 y la última, antes de su silencio definitivo, en diciembre de año 1941. Ya en el número 7, cabalístico y agorero, publicaron un índice de autores y temas, como también de sus famosas separatas: de los buscados Cuadernos de Cocodrilo, en que apareciera por vez primera los versos de La Rosa de la Espinela, de Martín Adán, como La Nueva Canción de Otoño de Vicente Azar (el fino poeta Pepe Alvarez Sánchez), Poemas Dispares de Carlos Cueto Fernandini, El Canto a Sachaca, de Guillermo Mercado, igualmente, Florecimiento Animado de Mario Florián; como Poemas de Cesar Atahualpa Rodríguez y Cántico Lineal y Pintura, de Ricardo Peña Barrenechea. También la música tuvo allí importante presencia con los trabajos de ese extraordinario compositor y maestro que fue don Carlos Sánchez Málaga, que publicó las partituras - letra y música - de una marinera, de pajarillo errante, y dos Lieder, estos últimos con letra de Luis Fabio Xammar.

En Cuadernos de Cocodrilo, también Jiménez Borja publica trabajos igualmente pioneros tales como El Mate Peruano, que es la reivindicación del humilde utensilio costeño y serrano, que de simple adorno y como instrumento de fastos y recuerdos pueblerinos y familiares, es elevado a la categoría de objeto de arte, una investigación realizada en la colección de lo que por aquel entonces era el Museo Nacional de Arqueología, y con material de su propia y muy valiosa colección.

También da inicio con su trabajo pionero: Máscaras de Baile, a una brillante investigación que tuvo su culminación el año 1996 con la publicación de ese libro definitivo que es Máscaras Peruanas, del que tuve el placer y honor de haber sido su editor responsable.

Jiménez Borja igualmente inaugura en esas simpáticas separatas un derrotero que nadie ha intentado seguir después de su: Coreografía Colonial, hermoso trabajo de acercamiento e indagación sobre las danzas ancestrales peruanas a través de las coloridas acuarelas, del ilustre Obispo de Trujillo del Perú, del siglo XVIII, don Baltasar Jaime Martínez de Compañón.

Debemos agregar que la importancia y calidad excepcional de la Revista 3 está dada por quienes escribieron en ella; y, en que la mayoría de trabajos publicados allí casi no han sido recogidos posteriormente. Más aún, cuando la revista es, hace buen tiempo, una pequeña rareza bibliográfica. Así, pues, en sus páginas permanecen aún, magníficos y casi olvidados, trabajos de Jorge Basadre, Luis Alberto Sánchez, Ciro Alegría, Ella Dunbar Temple, Paco Miro Quesada, César Arróspide de la Flor, Luis Fabio Xammar, Alberto Tauro del Pino, Rodolfo Ledgard, Pedro Benvenuto Murrieta, José Alfredo Hernández, José María Pereyra, y tantos otros. Y, en poesía, entre otros muchos, y para no abusar, ese hermoso y flébil poema de la delicada orfebrería de Enrique Peña Barrenechea, tampoco recogido en su Obra Poética, que nos dice:

La golondrina viene,/ viene y se va/ cuando en ella reparas/ ya es soledad.

Es soledad cerrada / es soledad;/ y después ya no hay nada / sino la mar.

Y para seguir en poesía debemos recordar a Los Duendes. Esa misteriosa organización poética, con ritos iniciáticos de los cuales Arturo guarda celosamente el secreto. Y secta poética en que oficiaba de Gran Gurú, el etéreo poeta José María Eguren, asistido por Elena Aramburú Lecaros. Tribu de la cual Arturo Jiménez Borja fue entusiasta catecúmeno e infaltable asistente a los aquelarre, cuyo escenario era al sótano la casa de Alida Elguera, en el por aquellos lejanos años, elegante Paseo Colón. Allí, a la luz de las velas estratégicamente colocadas, se llevaban a cabo las blancas tenidas con lecturas, recitales, conversaciones y discusiones en olor de poesía, en olor de amistad y también en la secreta búsqueda de trascender la mediocridad ambiente y la fugacidad del tiempo y de la vida que pasa como nos lo recuerda la Biblia en El Libro de la Sabiduría, como las naves, como la nubes, como las sombras.

Finalmente, y sin agotar ni mucho menos el tema, quiero referirme a otros aspectos del que hacer creador de Arturo Jiménez Borja. Al de poeta y dramaturgo. Al autor de ese hermoso libro que es Pachacamac, que reúne tres obras de teatro. La primera: Pachacamac, que da el título al libro, y que es una recreación y refundición del mito de la creación del mundo andino por "Pachacamac", como la peripecie de la raza humana, que necesita del sacrificio y de la sangre de un inocente para sobrevivir; para que su cimiente perdure y fructifique.

En lo que se refiere al segundo trabajo: El Hijo del Sol es la puesta en trance, con un gran aliento poético, del mito costeño de Vichama. Si bien Jiménez Borja con la humildad y cierta timidez da las referencias que lo ha extraído de la Crónica Moralizadora del Padre Calancha, su transfiguración y conversión de un drama en verso es sencillamente un acierto, por la frescura y belleza de su poesía, y por la fuerza y calor de todos y cada uno de los parlamentos, tal por ejemplo Flor de Nieve:

Flor de nieve/ flor de escarcha/ un ave, muy triste, pía/ ¿es acaso tu corazón, amancay? Flor de agua, / flor de espuma, / una flauta gime en la playa/ ¿acaso es tu corazón, paloma? Flor de rocío, / flor de niebla / el viento esta sollozando / ¿¡acaso tu corazón, princesa? C'antu de fuego / nucchu ardiente / una estrella cruza el cielo/ ¿acaso es tu corazón, doncella?

Ahora bien, Flor de Nieve ha sido musicalizada, por el músico peruano residente en Milán, Alejandro Nuñez Allauca. Pero esas cosas extraordinarias que no se dan entre nosotros, sí en los programas europeos el nombre de Jiménez Borja aparece como el autor del texto, no hace mucho, aquí, en Lima, Flor de Nieve figuró con todos los honores y admiración de los melómanos en un recital. No obstante, se obvió olímpicamente el nombre del autor del texto.

Igualmente también ha merecido la musicalización por Nuñez Allauca otro de los parlamentos del hijo del Sol, y es el que lleva como título Yo quiero saber del alba, que con un dulce sabor lorquiano canta y encanta con aquello de

El alba va por el cielo/ bajo quitasol de plumas/ doradas todas las plumas/ de cuello de picaflor./ Tras las montañas azules/ el alba queda desnuda./ Cuatros iguanas viejas/ con cuatro espejos la ayudan/. Niña de tibio pecho/ su cuerpo no lo recata,/ verdes muslos tatuados/ con lagartijas y flores./ Olor a piñas expande/ con su naciente albura./ Por los aires va la luna/ envidiando tal blancura

Para terminar con esta incompleta enumeración de la magnífica obra escrita de Jiménez Borja, quiero pecar públicamente de infidente. Arturo esta trabajando en el libreto de una Opera; La caída del Príncipe Atahualpa, que sería montada por todo lo alto en Milán, por Nuñez Allauca. Y, como a Arturo no le gusta dejar lo que puede hacer hoy para mañana, pues esta por remitirle tres libretos, para que escoja el que mejor convenga.

Finalmente y para acabar, a Arturo solamente nos resta hacerle, porque se lo merece, la vieja salutación renacentista, esa que mantiene su frescor y su limpieza cristalina por sobre las mezquindades y pequeñeces de la vida: Tu duca, tu maestro, tu signore. Para ti nuestra admiración y también nuestro afecto seguro.